
Escrito por el poeta chiapaneco Fernando Trejo, el título de esta nota es también el del prólogo de Sudor: deriva de lo real (Trajín & Carruaje de pájaros, 2026), que inicia del siguiente modo:
“Hay libros que, desde el título, declaran su intención: no solo nombrar una acción o un estado físico, sino proponer un método de conocimiento, un rito de paso. Sudor: deriva de lo real, de Fernando Beltrán-Nieves, es uno de esos artefactos. Sugiere la transpiración —el esfuerzo, el rastro químico y físico de una lucha— como el vehículo para la deriva, ese movimiento errático, dislocado y a la vez preciso, que nos aleja de la estabilidad para acercarnos a una verdad más cruda: la de lo real”.
Esa deriva me hizo pensar en “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”, frase bíblica, específicamente del Génesis (3:19), que parte del relato en el que Dios le dice a Adán, después de que éste desobedeciera su voluntad al comer del árbol del conocimiento, que a partir de entonces tendría que trabajar arduamente para obtener su sustento.
Se trata de una metáfora, referida fundamentalmente al castigo por dicha transgresión y que representa una especie de maldición material, emocional o espiritual, donde el principal testimonio de ello es el sudor, como resultado del esfuerzo y la perseverancia de sobrellevar la carga que representa la propia existencia y la continuidad de la vida mediante la obtención del “pan”. Éste adquiere un estatuto metafórico de lo que casi me atrevo a identificar en el mundo moderno como “bienestar social” en un entorno de adversidades colocadas deliberadamente frente a la condición humana, prácticamente como pruebas testimoniales en garantía de la dignidad ante el quebranto de la voluntad divina. De este modo todo logro humano, desde lo más cotidiano hasta lo más trascendente, requieren de la entrega y del sacrificio.
Sin embargo, aquí podrá decirse que, a pesar de la repetición constante de todo lo que se haya hecho en el pasado, se haga en el presente y se hará en el futuro con el fin de alcanzar esta garantía de dignidad, el conjunto de estas temporalidades se presentan como un esfuerzo permanente, simbolizando una repetición infinita del castigo y la lucha del hombre contra la inevitabilidad final de la muerte y la falta de sentido.
En esto reconozco la influencia de la filosofía del absurdo de Albert Camus pues, descubierto el absurdo de nuestra existencia, podemos trazarnos la ruta para encontrar la libertad y el significado para aceptar vivir plenamente, lejos de la desesperación ante la infinita indiferencia del universo frente a nuestra existencia.
Reconocer el absurdo y continuar viviendo con la conciencia de este puede ser, como entiendo en el prólogo de este libro de cuentos, una forma de situarnos en una escena de clausura y violencia poética a la manera del poeta de Obertura —con el que se abren los cuentos que aquí nos convocan—, en el que el poeta, protagonista de la historia, afirma carecer de dinero, mujer y empleo y sentirse “el hombre más feliz del mundo”, desafiando las expectativas más convencionales del ser feliz. Aunque, volviendo a Camus, esta historia nos coloca en verdad frente al suicidio como el único problema filosófico realmente serio. Me enfrento a un relato presentado ante un mundo en el que, siguiendo nuevamente el prólogo, “no hay consuelo y la felicidad, o su simulacro”, un vacío radical, se presenta como tema recurrente en la narrativa más incómoda y perspicaz de la literatura mexicana contemporánea.
Esto que señalo tiene la intención, descubro y sigo el prólogo, de apuntar una posible entrada a las secciones temáticas del libro —Zona inhóspita, Llanura ósea y Sudor: deriva de lo real—, las cuales operan como narrativas independientes pero resonantes a través de una prosa fragmentaria y el relato largo, donde el género se difumina para dar paso a un continuum de voces y obsesiones.
De ese modo una voz femenina, la “ensoñadora”, nos lleva por el negocio del placer de forma irreverente y pragmática, donde el buen placer subvierte la moralina social, y nos dice, en algún momento de la historia, rechazar sin distinción a los viejos y a aquellos que se dicen “del pueblo, faltos de clase, de ingenio, de autoridad”, ahora sí que puro rechazo a los “chairos”.
Durante la lectura me llegué a preguntar, entre el momento de nacer y el punto de la muerte, ¿qué hacemos con la existencia? Acaso una clave de la respuesta se encuentre en Jacques Lacan para quien los seres humanos somos fundamentalmente definidos por el deseo, la sexualidad y el lenguaje, es decir somos impulso biológico, pero también la forma en que nos comunicamos, pues aquella da sentido a nuestra manera de amar, desear y existir, donde el deseo humano, a diferencia del hambre o la sed, nunca se satisface por completo y nos hace incompletos, sosteniéndonos con vida y plagados de experiencia ante el enfrentamiento a nuestras carencias.
Creo que así el despliegue por la vida puede transitar por el negocio del placer y la supervivencia, por la violencia del crimen organizado y la barbarie doméstica, por el desmembramiento y la cocción de la carne humana, donde la ley de Darwin es la única moral válida, o por la espera de un corredor lesionado que vive su lesión como un infierno mental, todas, a final de cuentas, posibles formas de nuestra deriva por la realidad condensadas en la prosa de Fernando Beltrán-Nieves y una fuerte intención que se revela al inicio de su libro y la cita de George Steiner.
—Del poder de una frase para explicar el mundo—.