
En el prólogo de Sudor: deriva de lo real, el poeta chiapaneco Fernando Trejo escribe:
“Hay libros que, desde el título, declaran su intención: no solo nombrar una acción o un estado físico, sino proponer un método de conocimiento, un rito de paso. Sudor: deriva de lo real, de Fernando Beltrán-Nieves, es uno de esos artefactos. Sugiere la transpiración —el esfuerzo, el rastro químico y físico de una lucha— como el vehículo para la deriva, ese movimiento errático, dislocado y a la vez preciso, que nos aleja de la estabilidad para acercarnos a una verdad más cruda: la de lo real”.
Con ello nos convoca de forma inmediata a asumir una realidad en la que no hay consuelo y donde “la felicidad o su simulacro se encuentra en un vacío radical, caracterizando de esta forma un tema recurrente en la narrativa más incómoda y perspicaz de la literatura mexicana contemporánea”.
Tomar al pie de la palabra que desde el título el libro propone un método de conocimiento es una propuesta para su interpretación. No es casual así que desde el primer texto, titulado Obertura, se nos presente el suicidio de un poeta justo al terminar el 24 de diciembre, un acto de violencia paradójica y radical y, más aún, un acto de precisión, donde es inevitable no evocar el enfoque de Jacques Lacan sobre el suicidio como el único acto que puede tener éxito sin fracaso, pero al costo de aniquilar la propia existencia.
Postura similar a la de Jean-Paul Sartre quien, al definir al ser humano por su compromiso activo en el mundo, ve en el suicidio el freno de ese compromiso. Acaso por ello la reflexión del poeta de este cuento sobre su vida previa al acto suicida, busque condensarse en el siguiente intento de aforismo: No tengo dinero. No tengo mujer. No tengo empleo. Soy el hombre más feliz del mundo.
En una entrevista, Octavio Paz afirmó que “la poesía es el arte de ver a través de las palabras la otra cara de la realidad”, ver con palabras la otra cara de la realidad es el oficio de un poeta, y Fernando Beltrán nos quiere presentar la violencia como la otra cara de la realidad a través de un personaje en cuyo oficio la palabra expresa el valor simbólico que el deseo le otorga a la vida.
Por ello, desde la primera página de este libro de cuentos, no es de extrañar la cita de George Steiner —Del poder de una frase para explicar el mundo—, un mundo a la deriva en eterno desplazamiento del deseo, y en el que el sinsentido circundante a los personajes y sus situaciones los mueve en la búsqueda de alguna pista sólida.
Aquí veamos la centralidad del lenguaje, y por ende, vuelvo a Steiner, el poder de una frase para explicar el mundo, pues, y sigo en esto a Jacques Lacan, el lenguaje nos precede desde antes de nacer y, por otra parte, nunca logra nombrar exactamente lo que somos. Así resulta que vivimos divididos entre lo que pensamos que somos y lo que alcanzamos a nombrar de nosotros. Sin darnos cuenta esta falta permanente de ser una unidad completa nos constituye todo el tiempo, de ahí la necesidad de ser reconocidos por los otros.
Lacan diría que deseamos lo que el resto desea o deseamos ser objeto de deseo de los demás para ser reconocidos, un deseo que nunca se satisface por completo y que nos explica como seres hablantes y deseantes de reconocimiento para identificarnos, e ilusionarnos con quienes somos al ponernos en la escena de la vida. Cuando esto se rompe se rompe la vida con sus objetos, significados y rutinas y nada alcanza para darle sentido al asomarse al abismo de lo real que, al no poder ser nombrado, da paso al dolor humano y su expresión en la literatura.
A propósito de la poesía de Octavio Paz en el siglo XX, Alberto Ruy Sánchez afirma que la literatura no es una secreción automática de hechos históricos, pero que la creación literaria tampoco puede dar la espalda a los acontecimientos políticos y sociales. Inevitable resulta entonces no asociar el vacío radical en la literatura mexicana contemporanea —que nos menciona Fernando Trejo en su prólogo— con los cambios experimentados en la sociedad mexicana en las últimas décadas.
Perspectivas sociológicas, como la de Danilo Martucelli, afirman que en el presente los individuos se forjan al enfrentar un conjunto común de pruebas frente a los desafíos estructurales de la sociedad, unas veces dentro de perímetros institucionales y otras veces no. Más aún se afirma que en las sociedades latinoamericanas el individuo es un hiperindividuo que se construye en base a un basto conjunto de protecciones para lograr existir en la sociedad.
Así todo el tiempo, ante insuficiencias institucionales, los individuos desenvuelven capacidades para arreglárselas con infinidad de situaciones y cosas en su vida. De este modo la sociedad mexicana produce ecologías personalizadas, espacios que los individuos construyen activamente, de manera que cada individuo es fruto de una serie de diferentes experiencias cada vez más contingentes. Por ello personajes y situaciones de Sudor: deriva de lo real enfrentan al lector con lo que queda fuera de la realidad ordinaria en busca de sentido.
De este modo una mujer dedicada al oficio más antiguo del mundo afirma: “Hay que darlas para obtener. Un asunto de libre intercambio. Un juego donde todos ganan. Después corregí esta fórmula: una buena cantidad llega cuando brilla la calidad. Este viejo negocio en el mundo de ser ensoñadora me ha dado mucho más que logros, cobijo y hasta que testamentar. Me ha dado una vida sin adjetivos. Así como están los tiempos actuales, aciagos y caóticos, más de una vez he dudado de si otra ruta posible me habría llevado a la consecusión de mi posición, autonomía, señorío. ¿Qué clase de estudios universitarios proveerían todo aquello ? ¡Ninguno! Discúlpame. Tendría una vida, pero con adjetivos: sufrible, austera, minimalista. Darling, en verdad, ¡te has dado cuenta cómo viven las niñas de los posgrados? Pobres criaturas. Por lo que se dice viven encerradas, descampadas, con tremendas limitaciones y sin ninguna clase del sentido del gusto. No me desvela, por lo demás, que desconozca de tales o cuales asuntos del universo abstracto o espirituoso”.
En la parte titulada Zona inhóspita el anuncio de un hombre de su decisión de divorciarse de su esposa, la comanche Angustias, lleva al macabro escenario de su desmembramiento y cocción. Leemos enseguida: “Al poco rato de reposar en el fuego lento, la cazuela olía bien, mucho más de lo que estaba dispuesta a aceptar. Se tranquilizó por completo. Desempolvó su agenda y marcó al comedor público de menesterosos. Cuando una voz sin brillo inquirió por el platillo a recoger, sólo expresó: un molito simple, nada extraordinario y apagó el teléfono personal”.
Trazos rulfianos con evocaciones de la guerra cristera en la sección Sudor: deriva de lo real, donde el narrador termina de esta manera: “Declinaba la tarde silenciosa, y el pío de los pájaros los escuchaba detrás de los ventanales. Las nubes, de pronto, cerraron el cielo de aquella tarde y, por el ascenso aún más severo de la temperatura caliente, caí desvanecido sobre la silla, con vetas de sudor en el pecho, en las manos, en la frente. Poco después, de repente, el frío de la noche lo sentí acurrucarse entre mis huesos y perdí el sentido del tiempo. Deseé sobreponerme de inmediato y reformular mi expedición, pero de súbito y voraz, la noche, el azul o el frío se precipitaron sobre mí, hasta disolverme”.
En Sudor deriva de lo real nos enfrentamos a la finitud, el absurdo, la angustia y la búsqueda de anclajes, en ello la palabra sudor condensa el reflejo de la lucha humana en un horizonte contingente, propio de la condición humana bajo el rescoldo de la modernidad donde se cumple sin retorno su sentencia: todo lo sólido se desvanece en el aire. A pesar de ello, dice Fernando Beltrán en su último cuento, que la Portales desaparecerá, pero quedaremos nosotros. En este horizonte efímero Llanura inicia con un fragmento del poema Las estrellas de Manuel José Othón.
“¿Quien dice que los hombres nos parecen,
desde la soledad del firmamento,
átomos agitados por el viento,
gusanos que se arrastran y perecen?”
Una coordenada poética que Octavio Paz afronta un siglo más tarde en Hermandad:
“Soy hombre: duro poco y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba: las estrellas escriben. Sin entender comprendo:
también soy escritura y en este mismo instante alguien me deletrea”.
