La próxima visita del presidente mexicano a Washington ha sido un objeto de intenso debate en la agenda política nacional. ¿Debe abstenerse? ¿Es necesario? ¿Qué repercusiones? Cui bono? ¿Quién va a ganar aquí? para decirlo en firme.
Desde que confirmó su salida para el próximo 7 de julio y estar con Trump el 8 y el 9 en la Casa Blanca, el mandatario mexicano ha externando sus tres principales razones. Sin orden de importancia, el presidente López Obrador ha señalado que la suya es una visita de Estado, cuyo propósito es una conversación jubilosa, sobre todo, por la entrada en vigor de un nuevo tratado comercial entre los tres países del norte: México, Estados Unidos, Canadá. Un tratado que entró en vigor el pasado primero de julio, justamente a dos años del arribo de López Obrador a Palacio Nacional.
Aquella votación de 2018, fue la primera elección contemporánea en México con la certeza de que no hubo un fraude electoral, el sufragio fue efectivo, la tercera contienda de López Obrador. El triunfo avasallador de un candidato popular, nacionalista, de cierta izquierda.
En el origen de este nuevo tratado no debemos olvidar que se hallaban los exabruptos y las amenazas de Trump de liquidar el entonces tratado de comercio vigente. El México neoliberal entró en pánico con los amagos de elevar impuestos, cerrar fronteras, presionar la salida de inversiones estadounidenses en México para su recolocación en Estados Unidos; estrategias nacionalistas, todas ellas, que respondían al slogan de campaña America first; medidas que de concretarse, hubieran afectado severamente a México, dada la extrema dependencia económica con el mercado más poderoso del continente.
No me detendré en el T-MEC; López Obrador va ir a Washington no sólo a propósito del nuevo tratado, sino también como un gesto de agradecimiento por dos negociaciones internacionales, sentidas exitosas del lado mexicano: la adquisición de mil ventiladores para afrontar la pandemia en México, que el gobierno de Trump facilitó; y, en la pasada reestructuración global de producción de crudo entre los países productores de petróleo cuando se desplomó el precio a menos nada, el soporte que dio el gobierno de Trump para que México no redujera significativamente su producción como presionaba en conjunto la OPEP.
Tres razones de estado para ir al encuentro. Esta visita, dicho sea de paso, rompe la convicción muy suya de López Obrador de no salir de México porque no hay mejor política exterior que la interior; además de ahorrarse los gastos, que no son pocos, de una estancia internacional, aunque sea corta, muy acorde con uno de sus principios rectores de su política administrativa: la austeridad extrema en el gobierno federal. López Obrador irá a Washington con una comitiva de tres colaboradores del gabinete y viajará en un vuelo comercial, con una escala de por medio. Los presidentes anteriores solían salir al extranjero en una comitiva de dos aviones de lujo, invitados, prensa oficial y todos los colaboradores posibles.
Para mi gusto, hay un punto flaco, pendiente, incómodo en esta versión de López Obrador. Los estadounidenses, incluído el gobierno de Trump, ensalzado por ellos mismos desde hace décadas, no tienen amigos, tienen intereses. Y esto nos obliga a seguir de cerca cómo el actual gobierno mexicano, el débil en las negociaciones, cede o contribuye a que esos intereses concreten sus fines.
La oposición en México, que no brilla por su inteligencia ni por su agudeza intelectual ni por su visión de futuro, denosta la visita. Del mismo modo que los demócratas, arguen que la visita de López Obrador fortalecerá de algún modo u otro a un menguado Trump frente a los vientos electorales, que ya corren extraoficialmente. Al día de hoy, a cuatro meses de las presidenciales, las preferencias electorales aventajan por 8 puntos porcentuales al candidato demócrata, el neoliberal Joe Biden. Yo desconfiaría de estos números, muy preliminares, tanto más cuanto que el voto popular en Estados Unidos no decide en última instancia el resultado final; detalle curioso para un país que le ha gritado al mundo las bondades de la democracia liberal. Además, aspecto no menos importante, la figura de López Obrador, su peso geopolítico, su influencia, hasta donde yo puedo entenderlo, está por probarse en los intríngulis de la política interna de los Estados Unidos.
Todo esto es la epidermis, el rostro público del próximo encuentro. Hay otras cartas, más trascendentes en el corto plazo, sobre la mesa. López Obrador puede recibir de las manos de Trump (¿pero a cambio de qué?) información valiosa, pruebas y documentación clasificada, en casos de extrema delicadeza en México. Me refiero a elementos decisivos para llevar a los tribunales a funcionarios neoliberales de alto rango, expresidentes incluso, colaboradores de administraciones estadounidenses anteriores, que han estado detrás no sólo de hoyos negros de corrupción y asociación con el crimen organizado, sino de los actuales ataques, los más furibundos, al gobierno de López Obrador. Una campaña permanente, llena de ruido y fake news, que nada como pez en el agua en los mass media tradicionales y en las redes sociales.
Neutralizar a los ductos de financiación de este tipo de golpeteo tóxico, el posible encarcelamiento de políticos encumbrados, sería sin duda un movimiento quirúrgico para los propósitos inmediatos del gobierno de López Obrador. La pregunta que debemos responder al tiempo es a cambio de qué, porque los estadounidenses, nunca debemos olvidarlo, no tienen amigos, tienen intereses.