Hay mucha tela de dónde cortar, como se dice, a propósito de esta primera visita a Washington del mandatario López Obrador. Me gustaría señalar en primer lugar la efectividad del carisma del presidente ejercida sobre los paisanos que viven en Estados Unidos. En el avión comercial hacia Atlanta, la primera escala; en la llegada a la embajada de México en Washington; en las inmediaciones de los mausoleos de Lincoln y de Benito Juárez donde López Obrador depositó un par de ofrendas; y a las afueras de la Casa Blanca, la parada final, se vitoreó al unísono al presidente mexicano. Consignas, porras, júbilo, todo tipo de mensajes calurosos, y hasta mariachi de fiesta popular hubo en las calles de Washington por donde pasó o estuvo López Obrador. No fueron multitudes, es cierto, no me atrevería a dar cifras, se habló de 200 personas, pero sí hubo una presencia mexicana pese a la hostilidad de las altas temperaturas en la capital norteamericana y a los ya sabidos riesgos del contagio. Connacionales de todas las ciudades de Estados Unidos viajaron a Washington para estar de cerca, seguir el pulso o presenciar la visita del presidente mexicano.
Desde luego que nos enteramos de este recibimiento en las calles porque las personas asistentes encendieron sus cámaras, grabaron y lo publicaron en las redes sociales. El periodismo doméstico que potencia Internet, el pulso de nuestra época. Este recibimiento ha sido único, excepcional, nunca antes se había visto para con un presidente mexicano en Estados Unidos, y el poco ruido que causaron algunos opositores se disipó muy rápido con las trompetas de las canciones.
En segundo lugar, el trato de Donald Trump que todos observamos para con López Obrador. Fue diplomático, quizá natural para una visita de Estado, respetuoso, sonriente, buen anfitrión y aseguró, según sus propias declaraciones en la cena de la noche del miércoles, que López Obrador es el mejor presidente que ha tenido México, lo cual no es cosa menor a la cuenta del impredecible, desatento, incontenible, Donald Trump.
En tercer lugar, señalaría el discurso que dio el mexicano en la declaración conjunta en la Casa Blanca. Un discurso sólido, claro, nacionalista y cooperacionista con el Norte al mismo tiempo, de constantes referencias a figuras estadounidenses: George Washington, Abraham Lincoln, F. D. Roosevelt. Un discurso que señaló en breve los puntos clave de la fortaleza mexicana: trabajadores duros, más de 30 millones de mexicanos en Estados Unidos, y una población trabajadora joven y creativa; auguró la conveniencia de buena vecindad y futuras buenas negociaciones, y reflejó a un primer mandatario estudioso de la historia compartida entre Estados Unidos y México.
Fue, en resumen, un encuentro amistoso, cargado de elogios mutuos, es cierto, y con ello destruyó las especulaciones de una visita difícil o incierta, sobre todo también por el conocido discurso archi antimexicano del Trump de la pasada campaña electoral de 2016.
¿Cuál es la afinidad entre los dos mandatarios? ¿Por qué tanto piropo y elogio? Para mi gusto son tres. Cada quien a su modo, Trump y López Obrador son presidentes nacionalistas, que han signado paradojalmente una nueva integración económica. Los dos presidentes, en segundo lugar, han colocado a la corrupción política como el blanco clave de sus operaciones en la administración federal. Los dos presidentes, cada quien en el complejo espectro político y geopolítico en el que se desenvuelven, representan proyectos, aunque disímiles entre sí, proyectos políticos opuestos al neoliberalismo. Y diría finalmente que el béisbol, aunque usted no lo crea, los acerca también.
¿Y cuáles fueron los claroscuros de la visita? Ambos mandatarios ofrecieron declaraciones y firmaron un compromiso de cooperación. Sin embargo, la migración ilegal hacia Estados Unidos, el muro fronterizo y el racismo sobre los indocumentados mexicanos, racismo que ha impulsado en muchas otras ocasiones Donald Trump, son hechos cristalinos y sumamente candentes entre los dos países, y fueron temas neurálgicos ausentes en las declaraciones. Lo acepte o no López Obrador, lo quiera o no, su visita a Washington servirá para los propósitos electorales de Trump. Los elogios de López Obrador a Trump ayudarán de algún modo u otro para reposicionar a Donald Trump en sus aspiraciones de reelección. Un gesto político de altísimo disgusto para todos los demócratas aglutinados en la figura de Joseph Biden, candidato neoliberal que aventaja actualmente a Donald Trump. En esta visita López Obrador no se entrevistó con ninguna organización política pro mexicana en Estados Unidos ni con ningún líder demócrata. Proveniente de estos dos frentes, la de López Obrador fue una visita desafortunada, errónea, un fracaso.
Coincidencia o no con la visita a Estados Unidos, un juez federal de Florida emitió la orden de aprehensión de César Duarte. Ex gobernador de Chihuahua, político priísta, ex colaborador de Enrique Peña Nieto, prófugo en México, preso ya en Estados Unidos. Muchos de nosotros leemos esta detención como un regalo de Trump a la visita de López Obrador, aunque el proceso penal llevaba años cocinándose. No debemos olvidar que César Duarte, aunque de menor perfil en comparación con Enrique Peña Nieto, Luis Videgaray o Manlio Fablio Beltrones, es un rostro claro de los hoyos negros de corrupción y delincuencia que generó el neoliberalismo en México. Esta detención augura otros procesos de investigación contra una de las maquinarias de corrupción más aceitadas y efectivas y más perniciosas de México: el Partido Revolucionario Institucional.
Seguirá siendo la entrada del T-MEC la gran incógnita. Ya está signado, ya entró vigor. Aún falta mucho por recorrer, mucho que entender, mucho que estudiar, para saber hacia dónde va México con este nuevo tratado de integración económica.