Los rostros del sueño carmesí, la novela germinal de Antonio Rocha, presenta una historia de terror cuyos lectores asiduos del género van a disfrutar plenamente. El espanto, lo inverosímil o la exaltación de lo monstruoso tejen los momentos clave de la novela. Eso que ustedes buscan, estimados lectores, lo van a encontrar.
En mi opinión, ahora bien, el valor de esta novela no reside o no sólo reside en el cultivo de un género ya instalado, cuyo escaparate máximo es la pantalla de las salas de cine. Esta novela redimensiona su valor a través del diálogo permanente con nuestra tradición. Fuera de México, muy a menudo escritores de diversa índole señalan la potencia narrativa que nuestra tradición cultural ostenta: un pasado indígena y un pasado colonial, ambos frondosos. Componentes sustanciales de una civilización híbrida, la nuestra, la ciega fe y los menjurjes, los santos y los demonios, el Cristo ensangrentado y las usurpaciones del cuerpo o del alma están a la merced del escritor y éste puede reconfigurarlos en personajes ficticios: una hechicera, un combatiente azteca, un sacerdote que lidia con entes demoniacos.
El escritor no inventa la ideología, trabaja con ella.
De este modo hay un respaldo exuberante para la manufactura de nuestros relatos. En el fondo, en el fondo, desde un punto de vista, no hay propiamente escritores individuales, que se desvelan y escriben en un rincón de la habitación (eso es sólo una apariencia), sino una tradición cultural, un espíritu como filosofaba Hegel, que se ramifica y se potencia en voces múltiples.
En nuestro acervo, el cristianismo católico es una máquina de producción de historias. En una de sus incontables provocaciones, Borges sugería leer la Biblia como una novela fantástica. Incomprensible a menudo, esculpida con recursos sofisticados, un supremo tabique insuperable para muchos, la Biblia alza sus narraciones a partir de una dicotomía que no respeta el tiempo ni el espacio: la luz y las tinieblas, el bien y el mal.
¿Quiénes son los buenos?
¿Quiénes son los malos?, son planos mínimos, quizá insuficientes para algunos, para inspeccionar cómo opera nuestro mundo.
Basta acercarse a la lectura del Libro de Job, por ejemplo, un relato fascinante del Antiguo Testamento, para darse cuenta de cómo el agente de las Tinieblas y Dios pueden sentarse tranquilamente a tomar la taza de café o el tarro de chela, digamos, para conspirar contra los hombres.
En esta novela Antonio Rocha hace hablar a las fuerzas sobrenaturales, a las fuerzas, desde luego, que más nos inquietan, que más nos oprimen; paradojalmente, que más nos atraen: las fuerzas del lado oscuro. El género de terror le impone a nuestro autor la exigencia de la descripción pormenorizada de aquellas fuerzas; pero la descripción, que no es narrativa, no enmaraña el curso de los acontecimientos. Punto a su favor. En los momentos clave, en escenas confusas pero sentidas verdaderas, como las pesadillas, las páginas de esta novela se llenan de sangre o color carmesí, de mórbida cadena de sucesos.
Yes!
Uno de los atributos que más me importan de esta novela es la incorporación de las preguntas metafísicas, que no mueren, que son eternas, que se plantearán siempre mientras haya seres humanos. Y una novela de nuestro tiempo, sin importar el género al que se afilie, no puede dejar de plantearse las interrogaciones metafísicas. ¿Por qué Dios permite el sufrimiento?, es una interrogante metafísica. ¿Qué clase de Dios se inmuniza frente al dolor humano?, es otra manera de cuestionar lo anterior.
El error consiste en creer que la metafísica únicamente se encuentra en vastos y oscuros volúmenes escritos por profesores. Cuando, como dijo Nietzsche, la metafísica está en la calle. El bien y el mal, la muerte, el destino, no son problemas abstractos, sino que están unidos a la suerte del hombre concreto.
Ante todas las cosas y sobre todo las cosas, el ser humano, visto así, es una criatura que se cuestiona sobre más allá de lo visible. El hombre no podrá dejar de interrogarse si su suerte pertenece a eso que Jorge Luis Borges llamaba los designios inescrutables de Dios.
“¿Quién sería capaz de hacer algo terrible y brutal?”, se pregunta uno de los personajes de Antonio Rocha. Y las preguntas de este tipo no se agotan. Avanzada la novela, por ejemplo, uno de los personajes principales cuestiona: “¿Crees en el demonio?”. Y agrega: “Pues él también cree en ti. Pero no está mal; si crees en el mal, muy en el fondo crees en el bien, porque no puede existir el uno sin el otro”. Y más adelante, un personaje secundario al interior de una morgue afirma: “Aproximadamente el 40 por ciento de los cuerpos que atendemos aquí son muertos por asesinatos, otro poco son suicidios. ¿Qué cosas tan malas pasarán por la mente de estas personas? ¿Qué motivos tendrán? ¿Por qué el humano a veces actúa de forma tan horrenda y brutal?”.
Hay en la metafísica, en suma, demasiado horizonte de sentido. A la manera de un extenso e inhóspito desierto, sin embargo, el explorador puede perderse; sediento de infinito, puede sucumbir frente a las ilusiones de los oasis.
Fantasmagóricas e inexorables, que borran las fronteras entre este mundo y el otro, ilusiones finalmente sobre las que se alza Los rostros del sueño carmesí. Concluyo diciendo que la publicación de un nuevo libro es una conquista en la larga batalla entre la civilización y la barbarie. Otra manera de nombrar, en efecto, el bien y el mal.