Hará diez años quizá, hemos visto con gran interés en México y en otras latitudes cómo empezó a romperse el monopolio mediático de la esfera pública. La palabra había estado sumamente concentrada en los canales de ciertas televisoras, y la alternativa, salvo honrosas excepciones, no se hallaba ciertamente en la prensa escrita.

Hemos pasado en realidad de un duopolio televisivo en actual quiebra financiera, la de Televisa y la de Tv Azteca, a una oferta versátil pero desigual en Internet. Aunque es muy cierto lo de los números rojos de las dos televisoras —aunado a algunos otros satélites o canales menores de televisión como rémoras de dos peces obesos—, lo cierto también es que está lejos de haberse evaporado o neutralizado su poderío, con todo y sus contenidos mediocres, desfasados, de otra época y, particularmente, de sus noticieros, el de la mañana, el de la tarde y el de la noche, de su formato arcaico de comunicación unidireccional.

Me pregunto ahora: ¿quién en su sano juicio va y le prende a Denise Maerker porque busca la noticia? ¿O quién le ofrece un campito de su valioso tiempo a Javier Alatorre? ¿Quién va y escucha a Leo Zuckermann y al dúo ditirámbico de Héctor (el facineroso) Aguilar Camín y Carlos Castañeda Gutman, mafioso internacional y racista de los pueblos oaxaqueños?, y toda esa horda de orcos que nos recuerdan los momentos más tristes de los últimos años del siglo pasado. Yo ya ni televisor tengo, con eso les digo todo, y si siento que la tele me habla, le miento la madre.

Desde luego la conectividad en el territorio mexicano es un political issue, porque si es débil o inexistente, es muy difícil que el radio de influencia de estas dos televisoras no ejerza su dominio, tanto más cuanto la población de los territorios semiurbanos o semirurales, abandonados a los designios inescrutables de Dios o a las garras del narcotráfico, no pueden apagar el contenido proveniente de los aparatos analógicos debido a una insatisfacción real o a una en ciernes consciencia digital o a una consciencia política estricta. Al margen del estado actual de la conectividad a Internet, de los costos o de la calidad de los servicios, la comunicación política más interesante de los últimos diez años opera desde Internet.

La plataforma YouTube ha sido el caballito de Troya por medio del cual se ha roto aquel añejo monopolio comunicacional. Es este auge y fascinación por la imagen y la persona de carne y hueso sin grandes protocolos o grandes escenarios. Más aún, el Tik tok nos ha enseñado que cualquier rincón de la casa es un escenario de grabación posible.

Han ido reacomodándose súbitamente en un nuevo terreno de juego voces alternativas, tiempo atrás marginales, invisibles o mudas. Colectivos periodísticos, militantes y personalidades varias. Reducido número de intelectuales de la vieja guardia, ciudadanos globalizados, personas de a pie que no cuentan con más mérito que haber adquirido una cámara para grabar y narrar la circunstancia. Periodistas longevos, relativamente confiables, incluso políticos, etcétera.

Todo lo anterior es una realidad objetiva, cotidiana, vociferante en las pantallas, de la que no es posible escapar a la ilusión que ha estado ahí, desde siempre. Un proceso vivo, muy intenso ahora, en el ámbito informativo o del análisis comunicacional especialmente a la par del despegue del gobierno de López Obrador, lo que hemos venido llamando la Cuarta Transformación. López Obrador, dicho sea de paso, es un todo un crack en el uso político de estas plataformas.

Pero no todo es miel sobre hojuelas. El nuevo terreno de juego es fangoso.La inmensa mayoría de los canales en YouTube han monetizado sus contenidos; un gesto legal y legítimo. De algo tienen que vivir, está claro. Esta monetización ha permitido al top ten de los youtubers, digamos, neutralizar de algún modo las presiones del chayote: recibir fuertes cantidades de dinero público a cambio de la línea editorial. Aquella penosa circunstancia de censurarse porque el dinero lo dicta. Una trampa recurrente de la que ninguna prensa de todas las tendencias, oficial y la no oficial, se había escapado.

Pero esta monetización ha orillado a una sobreproducción de contenidos en busca del impacto (del me gusta o de la suscripción) por medio de los encabezados (por ejemplo) en detrimento del contenido real, del análisis, de la complejidad o del matiz necesario. Es esta incesante búsqueda del me gusta la que ha permeado en casi todos los canales a contracorriente de la profundidad o de la confiabilidad. Quizá alguno que otro canal se escapa, gracias sobre todo al oficio hecho de mucho años y tormentas. En resumen: en ausencia de redes sólidas o estructuradas (colaboradores, reporteros y otros trabajadores por estilo), es difícil sostener a diario contenido confiable, riguroso, verificado, mucho menos tres veces al día, para construir el propósito último de todo este show: una ciudadanía crítica y exigente.

Lo que habíamos pensando como una salida saludable —diversificación que potencia Internet— ahora es un nuevo laberinto donde circulamos todos un poco a ciegas.